6 de diciembre de 2016

EL MODELO EUROPEO DE INNOVACIÓN

En el pasado año, España siguió retrocediendo en sus indicadores de innovación, hasta caer a un paupérrimo 1,22% de inversión en I+D sobre PIB. En Catalunya por primera vez repunta la innovación (un 6%, hasta el 1,52% I+D/PIB) tras seis años de caída. A nivel global, la inversión en I+D se incrementó en un 3,5%. La gran batalla por el liderazgo mundial se da entre EEUU y China, la gran potencia emergente. China, con un esfuerzo en I+D del 2,04% supera ya a la UE. En China se hallan los más potentes supercomputadores del mundo. El gigante asiático triplica las patentes anuales de EEUU o Japón, y lidera las publicaciones científicas en inteligencia artificial. Hoy, el 40% de la I+D mundial se encuentra en Asia, mientras la innovación en EEUU se estanca.

Uno de los errores que hemos cometido durante la última década ha sido intentar importar el modelo americano al contexto europeo. Un modelo caracterizado por la combinación de mercados financieros muy eficientes, excelentes universidades y compra pública tecnológica. Un modelo que ha llevado a la eclosión de potentes clústeres de alta tecnología, startups, famosos emprendedores, universidades de élite investigadora y dominio de sectores relacionados con defensa y espacio. Silicon Valley nos ha fascinado. Pero el modelo americano de innovación está en crisis. No distribuye sus esfuerzos (ni su riqueza) de forma transversal a todos los sectores, sino que lo concentra en unos pocos focos de alto potencial de crecimiento, sean algunas universidades (que aparecen en primer lugar en los ránkings internacionales), algunas empresas (fundamentalmente digitales) y algunos sectores muy especializados. Mientras los medios de comunicación mundiales ponen los focos en la compra de Whatsapp por Facebook, por 19.000 millones de dólares, y San Francisco vibra con rápidas operaciones corporativas, la industria de los Grandes Lagos pierde cinco millones de empleos. Gigantes como Kodak dan paso a startups como Instagram, catapultada a la estratosfera por el capital riesgo con sólo 13 empleados. Lentamente, el decrépito cinturón industrial americano pierde competitividad y vota masivamente opciones radicales como Trump.


Nuestro modelo debería ser el germánico. Alemania, pese a su discreción, dispone hoy posiblemente del mejor sistema nacional de innovación. Un modelo que no concentra sus esfuerzos en unos pocos segmentos, sino que los distribuye de forma transversal a la totalidad de la industria, con foco en la I+D de la pequeña y mediana empresa. En Alemania no aparecen Zuckerbergs o Gates, pero su nivel de producción en manufactura, de exportación de tecnología y sus salarios son superiores a los de EEUU. Entre las 40 mejores universidades del mundo según el ránking de Shanghai, sorprendentemente, no hay ninguna alemana, pero sus doctores son extremadamente apreciados por la industria. El sistema de innovación germano crea cadenas de valor de conocimiento orientadas a tecnificar y hacer competitiva a su industria. Alemania sitúa la pequeña y mediana empresa en el centro del sistema innovador, mientras que EEUU lo hace gravitar sobre centros académicos de élite y capital riesgo. Si el modelo americano descansa en las startups, el modelo alemán se enfoca en la industria y en la formación técnica. El primero se está revelando como un modelo poco distributivo. El segundo es la base de la competitividad de la mayor potencia exportadora y generadora de empleo de Europa. ¿Cuál debería ser el nuestro?

Artículo publicado en Expansión, el 29/11/2016

3 de diciembre de 2016

CUANDO LAS MÁQUINAS APRENDIERON A INVESTIGAR

La máquina coge una bola de acero. La eleva unos centímetros. La deja caer. Posteriormente repite la operación con otra bola de acero más pesada, y finalmente con una bola de plastilina. Sus sensores registran posiciones, velocidades y fuerzas de caída. Instantáneamente sintetiza una fórmula: Fuerza=K x masa/distancia2. A partir de la observación, la máquina ha inducido la ley de la gravedad.

¿Ciencia ficción? En absoluto. Está pasando en tiempo real. Las máquinas están aprendiendo a interaccionar con el entorno, extraer patrones y sintetizar leyes físicas. Están aprendiendo a investigar. ¿Sorprendente? Sólo es una muestra de la dirección y la potencia que está tomado una disciplina que forma parte del conjunto de tecnologías en crecimiento exponencial: la inteligencia artificial.

¿Qué pasaría si los robots aprenden a investigar? ¿Qué pasaría si desarrollan capacidades científicas? En primera instancia, podrían suplir cientos de miles de científicos que trabajan desarrollando experimentos, recolectando datos e infiriendo marcos teóricos a partir de los mismos, en todas las disciplinas: desde la física a la economía, pasando por el management o la psicología. La inteligencia artificial está llegando a un punto de maduración que requerirá profundos debates filosóficos, económicos y sociales. Por eso, el presidente Obama, en una de sus últimas iniciativas, lideró una conferencia nacional (“Frontiers”), celebrada en Pittsburg, para entender y anticipar los cambios que dicha tecnología va a provocar en los próximos años. Efectivamente, la inteligencia artificial está penetrando en todos los campos de la economía. El primer hito se marcó en 1996, cuando la máquina Deep Blue de IBM batió al entonces campeón mundial de ajedrez, Kasparov. En ese momento se demostró que un cerebro electrónico podía desarrollar pensamiento estratégico. En 2011 se superó una nueva frontera: Watson, otro cerebro electrónico de IBM venció en el popular concurso televisivo Jeopardize a los dos mejores jugadores humanos. El concurso era de adivinanzas. El ordenador podía entender preguntas ambiguas y responderlas mejor que los humanos.

El progreso de la tecnología sigue imparable, y está a punto de producir un cambio de paradigma en los sistemas de información, similar al de la aparición de internet: en lugar de buscar datos pasaremos a formular preguntas abiertas. Y nuestros ordenadores las contestarán. En lugar, por ejemplo, de buscar información sobre un hotel en una ciudad determinada, preguntaremos a nuestro ordenador inteligente qué nos recomienda. El sistema rastreará en milésimas de segundo todos los hoteles de esa ciudad, los contrastará con nuestro histórico de visitas, nuestras preferencias culturales, nuestra propensión a desplazarnos, nuestra renta y nuestra estructura familiar, y nos aconsejará la mejor opción.

La lógica se extrapola al entorno empresarial. ¿Quién mejor que un potente cerebro electrónico, que conocerá todo nuestro histórico de ventas, incidencias de clientes, riesgos económicos,  y los comentarios en las redes sociales sobre nuestros productos para tomar decisiones sobre nuestra estrategia de márketing? ¿Qué mejor que un ordenador inteligente, que absorberá nuestro currículum vítae, e incluso podrá determinar perfiles psicológicos en base a comportamiento en Twitter o Facebook, para tomar las riendas de los recursos humanos de una compañía? ¿Quién más capacitado para las decisiones estratégicas que un autómata entrenado en estrategia, conocedor de la totalidad de variables económicas en curso, y que haya absorbido y memorizado miles de business case para comparar situaciones?

 No sólo los empleos menos cualificados están amenazados por una robotización masiva. No sólo veremos operarios desplazados por autómatas o cajeros sustituidos por  pantallas táctiles. La inteligencia artificial está en condiciones de substituir transportistas (¿cuántos conductores y transportistas serán reemplazados con la emergencia del vehículo autónomo?), pero también médicos, entrenadores deportivos, profesores, científicos y directivos de empresa.

Las máquinas ganan capacidad de desarrollar pensamiento estratégico, interacción con el entorno, razonamiento abstracto y habilidades de investigación. Y pronto, tendrán, además, iniciativa propia. No esperarán a que les preguntemos. ¿Qué pasará cuando nuestro PC nos envíe un mail diciéndonos “dado que llevas cinco semanas trabajando 62 horas de media, lo que ha incrementado un 83% tu riesgo de infarto, que tienes 8.423 € líquidos disponibles, y que la libra está baja, te aconsejo unas vacaciones en Londres. He localizado una oferta para que salgas el lunes, y he bloqueado una habitación en el hotel London”? Nuestro PC nos sugerirá qué hacer y nos dará consejos, sin pedírselo. Y la iniciativa artificial también llegará a la empresa. El director general electrónico, que no descansará jamás, estará permanentemente analizando datos de planta y de mercado, tomando decisiones y lanzando directrices a toda la estructura. Director general que, además, será secretaria y jefe de gabinete (el mismo agendará reuniones, definirá calendarios y sintetizará informes).

El escenario es tan sorprendente como inquietante. En el fondo, significará la disociación progresiva del concepto de trabajo del concepto de individuo. No seremos necesarios. Las empresas podrán operar (comprar, vender, producir, decidir, y generar beneficios y riqueza) sin personas. Debemos acostumbrarnos a un mundo de corporaciones sin empleados, un mundo donde el trabajo está reservado a las máquinas. Una brutal revolución social y económica está al caer. En el camino, una nueva y épica batalla tecnológica se está iniciando: IBM Watson puede substituir o complementar al omnipresente Google. La inteligencia masiva llegará a nuestros terminales electrónicos, como ahora llega el internet convencional. Y si Google ha dominado internet por ser la puerta de acceso a datos, ¿quién será la puerta de acceso a inteligencia? Si Google ha sido el Gran Hermano, Watson puede ser el Gran Cerebro de los próximos años.

A la vez que el cambio tecnológico reconfigurará el mundo del trabajo, del mismo modo que la información y los datos masivos se democratizaron hace sólo una década, la nueva ola que está a punto de llegar nos traerá a todos inteligencia artificial, masiva y doméstica.

Artículo publicado en World Economic Forum y en Sintetia

26 de noviembre de 2016

ESTADÍSTICAS I+D 2016

Esta semana se han publicado dos informes importantes sobre el estado de la I+D: el 2016 Global R&D Funding Forecast de la revista R&D Magazine, y la Estadística de Actividades de I+D que cada año publica el Instituto Nacional de Estadística. No insistiré en la importancia de estos datos Como indica taxativamente el primer informe “la historia nos demuestra que la inversión en I+D conduce a los países a la prosperidad”. 

Investigadores/Mhabitantes versus I+D/PIB


Se percibe un mayor optimismo global, un mejor comportamiento de la economía y una propensión generalizada a invertir en investigación y desarrollo de forma transversal al conjunto de industrias. La previsión de incremento global de I+D en 2016 es de un digno 3,5%. El crecimiento en la inversión es especialmente significativo en Asia. China se consolida como potencia en ciencia y tecnología. 

Asia concentra el 42% de la inversión mundial en I+D. EEUU, el 26,4%, y Europa un cada vez más residual 21%. Para tener una idea comparativa, EEUU (el país que más invierte todavía en I+D) realiza un esfuerzo (público y privado) que llega a los 485 billones de dólares anuales (25 veces la inversión en I+D de la economía española). China (el 2º inversor mundial) realiza un esfuerzo de 343 billones de dólares (18 veces el esfuerzo de España). Alemania invierte 5’4 veces más que España. Francia, 2’8 veces. El Reino Unido, 2’3 veces; e Italia 1’26. Las inversiones se concentran en áreas estratégicas y tractoras en la economía. En EEUU, el sector más rico en I+D es el biotecnológico, aunque se prevé una intensificación del esfuerzo en sectores sujetos a profundos cambios tecnológicos, como el del automóvil. A modo de anécdota, China lidera ya el mundo en el ámbito de publicaciones científicas en inteligencia artificial.



España es el único país del núcleo europeo que sigue retrocediendo en I+D relativo, hasta un paupérrimo 1’22% de inversión en I+D/PIB. Es cierto que en el último año, el esfuerzo absoluto ha crecido un 2’7%, pero la economía ha crecido más que proporcionalmente a la inversión en I+D, lo que significa que generamos actividad en tramos de baja intensidad tecnológica. No escapamos al modelo low cost. La actividad empresarial presenta una alarmante baja inversión en I+D (el esfuerzo empresarial significa sólo el 45% del esfuerzo total en investigación y desarrollo, cuando en una economía sana, debería significar el 70%). Eso indica dos cosas: a) la estructura industrial española sigue siendo extremadamente pobre en tecnología; y b) las políticas públicas generan gasto en I+D, pero no incentivan inversiones privadas.

En Catalunya, la inversión en I+D repunta, de 2.937 M€ (2014) a 3.106 M€ (2015). Un significativo 5,8% de incremento, liderando el comportamiento del conjunto del Estado. Una buena noticia que esperamos que inaugure una rápida senda ascendente en los próximos años. El mundo no nos espera, y el reto que tenemos por delante es todavía ingente.

Inversión en I+D/PIB



20 de noviembre de 2016

SOBREVIVIR NO ES OBLIGATORIO

En mis clases, uno de los mensajes fundamentales que intento que aprendan mis alumnos es que, en situaciones de cambio del entorno, no hacer nada es hacer algo. No tomar decisiones (o tomar la decisión de no tomarlas), es una decisión en sí misma. Es, de hecho, una decisión estratégica. Una estrategia legítima es el inmovilismo. Esa suele ser la estrategia más cómoda en el corto plazo (todos a sus puestos, aquí no cambiamos nada). Seguimos en zona de confort, esperando que pase la tempestad. De hecho, como decía Deming, no es necesario cambiar: sobrevivir no es obligatorio.

Innovar, por el contrario, suele ser arriesgado. Aunque, en palabras de Henry Chesbrough, si innovar es arriesgado, no hacerlo es letal. Efectivamente, nos puede pasar como a la rana de la fábula, que notaba que el agua se estaba calentando lentamente pero no saltaba: al final, murió hervida.

El entorno tecnológico y competitivo cambia a un ritmo vertiginoso. No es necesario insistir en ello. No quiero hacerme pesado. Sólo pasaré revista a algunas noticias de la última semana. Intel, por ejemplo, ha anunciado una inversión masiva, de 250 M$ en dos años para desarrollar microprocesadores para vehículos autoconducidos. BMW se alía con Baidu (el Google chino) para fabricar conjuntamente vehículos autónomos. Empresas surgidas de la nada, como ZooxLabs entran en el sector y alcanzan valoraciones estratosféricas. La puerta del antiguo sector-fortaleza del automóvil está abierta, y se están colando, a raudales, emprendedores tecnológicos. Algunos viejos líderes, como Ford, están comprando desesperadamente esas startups. Pero también las empresas emergentes empiezan a comprar viejas ingenierías: Tesla ha adquirido la alemana Grohmann para acelerar su crecimiento y entrada en Europa. Parece claro que los automóviles se están convirtiendo en nodos autónomos, en un sistema de dispositivos electrónicos subconjunto de la internet de las cosas (IoT), que a su vez será un subconjunto de la Industria 4.0. Mientras, Singularity University nos avisa de que la inteligencia artificial cambiará cada aspecto de nuestras vidas. General Electric se ha apuntado a la moda (o necesidad) de comprar startups, y ha adquirido dos de ellas especializadas en inteligencia artificial. El supercomputador Watson de IBM empieza a trabajar con el sistema sanitario de Finlandia para mejorar sus procesos de toma de decisiones en base a la computación cognitiva. Y mientras, en China, país que ya lidera el ránking de publicaciones científicas en ese ámbito, invitan a los emprendedores tecnológicos a que huyan de Trump y vayan al país del Dragón.

Elon Musk nos ha dicho esta semana que la fuerza de la tecnología nos empuja irremediablemente a establecer una renta básica universal. Sin demagogias, sin populismos, y sin estridencias, los políticos deberían ir pensando estratégicamente en cómo abordar este reto. Efectivamente, Brookings Institute considera casi imposible volver a los niveles de empleo anteriores a la crisis, debido al efecto de la robotización. La manufactura americana ha multiplicado por 2,5 su productividad desde 1980, pero ha perdido casi la mitad de sus puestos de trabajo en ese tiempo.  El deprimido Manufacturing Rust Belt ha sido el granero de votos de Trump. El modelo americano de innovación tiene un defecto: propulsa a la estratosfera jóvenes empresas digitales en cuestión de meses, pero no crea suficiente empleo. Y no podemos decir que Obama fuera un espectador pasivo: el anterior presidente americano apostó estratégicamente por la ciencia y la tecnología, inspirado en el modelo germano, un modelo que no concentra sus esfuerzos en algunos pocos sectores de alta tecnología, sino que los distribuye en el intento de tecnificar el conjunto de su industria. Una estrategia que se enfoca en el soporte a los clústers industriales, los centros tecnológicos y la formación del personal. Harvard Business Review nos explica por qué el modelo alemán es mejor que el americano.


El mundo cambia rápidamente. Hay que tomar decisiones. No hacer nada es hacer algo. Y aquí, las noticias de la semana no son positivas: aunque los datos son provisionales, España sigue alejándose de la UE en innovación. Y Euskadi, que ya conoce sus datos 2015, cae estrepitosamente. Un duro golpe a los que en Euskadi siguen luchando por construir un país decente. Esta semana tendremos estadísticas definitivas del INE. Veremos qué pasa en Catalunya.

12 de noviembre de 2016

¿DONDE HEMOS VISTO ANTES ESTA PELÍCULA?

La victoria de Donald Trump en las elecciones americanas ha creado una ola de pánico en Silicon Valley. Efectivamente, las declaraciones de Trump sobre la industria tecnológica del Valley no son precisamente esperanzadoras. El nuevo inquilino de la Casa Blanca declaró que “forzaría a Apple a fabricar en EEUU” con el fin de garantizar el empleo de los norteamericanos. No sabemos hasta qué punto podrá (o querrá realmente) Trump llevar a cabo las promesas lanzadas durante la campaña electoral, pero el resultado puede ser devastador para las empresas de alta tecnología: desde las restricciones a la entrada de extranjeros (que pueden limitar la afluencia científicos y emprendedores al Valley), hasta la emigración de talento (que se irá, agobiado por las políticas represivas de la nueva administración), a la limitación de acceso y control de contenidos en internet (por motivos políticos o de seguridad nacional), la eliminación de los incentivos al desarrollo de tecnología que combata el cambio climático, o al cambio de configuración de la economía mundial si, como prometió, impone aranceles del 45% a los productos fabricados en China.

Las grandes empresas tecnológicas americanas (que donaron 30 veces más fondos a la campaña de Clinton que a la de Trump) están a la expectativa. Los mensajes lanzados durante los meses pasados por el inminente 45º presidente de EEUU son realmente inquietantes: amenazas de exigir a Apple el control sobre la localización de cada iPhone (en referencia a la reciente negativa de Apple de proporcionar esos datos al FBI como medida antiterrorista), o de demandar a Jeff Bezos (fundador de Amazon) por prácticas monopolísticas (Bezos fue uno de los más agresivos contra Trump desde su posición de propietario del Washington Post: destapó el escándalo de las denigrantes declaraciones sexistas de Trump). Las respuestas empiezan a sucederse: la carta de Tim Cook (presidente de Apple) a sus empleados, que, sin nombrar al nuevo líder de Washington, intenta dar ánimos  apelando a la unidad de la compañía y de la nación. O las voces que empiezan a reclamar la secesión de California, iniciadas en Twitter por Shervin Pishevar (uno de los máximos inversores de Uber). Si esto sucediera, California, feudo demócrata, sería la 6ª economía del mundo.

Pero no es oro todo lo que reluce en California. Un reciente artículo en La Vanguardia describía el panorama de desigualdad extrema, en uno de los focos de conocimiento y riqueza más activos del planeta. Indigentes a la sombra de Silicon Valley. En el valle del silicio, una plutocracia de emprendedores e inversores, convertidos en referentes sociales, convive con masas de autónomos precarios, clases medias empobrecidas y desamparados excluidos sociales. En paralelo al auge de los gigantes digitales, Silicon Valley perdió más de 100.000 empleos entre 2001 y 2008. La crisis ha acabado de aniquilar la delicada paz social de California, y del conjunto de EEUU.

En 2003 visité por primera vez el Silicon Valley. La llegada a San Francisco fue un auténtico electroshock. Desde el taxi que me llevaba al hotel, podía ver colas interminables de homeless: hombres y mujeres sucios, con largas barbas blancas, muchos de ellos tullidos o enfermos, abandonados a su suerte, tirados por las calles o deambulando de un lado a otro con carritos de supermercado repletos de basura y cacharros. Cientos, miles de ellos. La imagen que estaba recibiendo de San Francisco era parecida a la que podía esperar de Calcuta. Cerca, muy cerca, los grandes hangares y las pistas de aterrizaje del Columbia, el campus de Stanford, o los opulentos headquarters de Google, Apple o Facebook. Si la desigualdad era extrema entonces, imagino cómo debe ser ahora.

La victoria de Trump es la espeluznante respuesta a la gran paradoja de nuestro tiempo: la incapacidad de generar sociedades del bienestar en un momento en que los medios de que disponemos son infinitamente superiores a los de hace sólo 20 años. Una paradoja que se convierte en esquizofrenia: los feudos progresistas son, curiosamente, los más ricos (California o la Costa Este, desde Filadelfia a Boston). El capitalismo digital tiene color demócrata. Pero la descarnada desigualdad se transforma inevitablemente en miseria humana y moral. El deprimido cinturón industrial de los Grandes Lagos gira hacia la extrema derecha política. Y las clases sociales más desfavorecidas, en una búsqueda desesperada de protección, como protesta a una realidad de la que se sienten excluidos, se lanzan en masa a votar opciones populistas, radicales y racistas.

¿Dónde hemos visto antes esta película?

5 de noviembre de 2016

UN CUENTO DE HALLOWEEN

Año 2064. El mundo entra en su cuarta década de estagnación (bajo crecimiento y alto desempleo). La economía global lleva años creciendo a un escuálido 2,7%, significativamente por debajo de los niveles de la gran explosión financiera de 2008, que marcó los límites de funcionamiento del capitalismo del siglo XX. La desigualdad se ha incrementado desde entonces más del 40% en todo el planeta. Los empleos de baja y media capacitación han desaparecido casi por completo, sustituidos por robots, autómatas y pantallas táctiles. El mercado de trabajo se divide en dos segmentos muy polarizados: el de salarios muy bajos, y el de salarios muy altos. Una sobreoferta de trabajadores poco y medianamente cualificados compiten por los escasos empleos no automatizados. A la vez, emprendedores de éxito y hábiles financieros operan comprando, desarrollando y vendiendo startups digitales de crecimiento exponencial. Suecia tiene ya niveles de desigualdad similares a los de Estados Unidos en 2015. En los suburbios de Estocolmo languidecen masas de homeless en economías suburbanas de subsistencia, mientras que, en el centro de la ciudad, vibra la actividad emprendedora y corre la adrenalina de las rápidas operaciones corporativas. El modelo se reproduce en Londres, Berlín o Barcelona. La estructura social de la Alabama de 2015 está presente en las grandes capitales europeas de 2060. El Copenhague de 2060 se parece a las destartaladas ciudades del American Rust Belt, el abandonado cinturón manufacturero americano de 2015. Los Ángeles o Detroit son como la Manila de 2015. El cambio climático ha desecado las zonas templadas, existe competencia por los pobres recursos hídricos, y han desaparecido amplias zonas costeras, especialmente en Asia-Pacífico, reduciendo en un 2,5% el crecimiento del PIB mundial. Paradójicamente, la productividad se ha incrementado notablemente: el 75% del crecimiento hasta 2060 se explica por la introducción de nuevas tecnologías. Aún así, Europa y Estados Unidos han tenido que absorber 100 millones de inmigrantes en los últimos años. Sin ellos, la base fiscal de las economías occidentales hubiera disminuido tanto que la práctica totalidad de los países habrían entrado en bancarrota. Pero no hay medios de financiar los estados. Las inversiones públicas en infraestructura se han desvanecido desde 2040. La ciencia es una actividad pagada por filántropos. El proceso inmigratorio ha sido tan rápido que las antiguas sociedades europeas y americanas no lo han digerido. Proliferan los ghettos. El racismo y los partidos xenófobos dominan la mayor parte de los sistemas políticos del 2060. En un caótico “sálvese quien pueda”, algunos estados han decidido escapar del proceso globalizador mediante proteccionismo y alteración artificial de los tipos de cambio, lo cual les ha llevado aún más rápidamente a la ruina.

No es un terrorífico cuento de Halloween, ni la descripción de una escena de Mad Max. Son las conclusiones de un informe prospectivo de la OCDE publicado en 2014, sobre el crecimiento económico en los próximos 50 años (“Policy Challenges for the Next 50 Years”). Lo he recuperado al leer el magnífico e inquietante libro “Postcapitalism: A Guide to Our Future”, de Paul Mason. Según el autor, el capitalismo se ha regido históricamente por ciclos de unos 50 años, iniciados (como ya apuntó el economista ruso Nikolai Kondratiev) por la emergencia de nuevas tecnologías disruptivas, y finalizados con fuertes depresiones económicas. El último ciclo acabó, para Mason, con la explosión financiera de 2008, que dio pie a una fase definitiva de colapso, corroborado (entre otras cosas) por el informe prospectivo de la OCDE.


Necesitamos, como dice Mason, “un completo rediseño del sistema”. “La generación más educada de la historia humana, y la mejor conectada, no puede aceptar un futuro de desigualdad y estagnación”. La obra de Mason y el informe de la OCDE son previos al Brexit y a Donald Trump. ¿Serán éstas las primeras evidencias del colapso que anticipa Mason?  Se avecina un cambio sísmico, que podemos anticipar y modular, en lugar de sólo reaccionar pasivamente. A riesgo de que me tachen de pesimista, o de pesado (o de morir en el gulag, como Kondratiev ;-), creo que es imprescindible y urgente que empecemos a abrir un riguroso y sereno debate sobre cómo reescribir el nuevo modelo global de futuro, o el cuento de Halloween puede convertirse, lentamente, en una angustiosa realidad. 

31 de octubre de 2016

EL DÍA DE LA MARMOTA

Muy pronto conoceremos la composición del próximo gobierno. Tras casi un año con gobierno en funciones, veremos quiénes ocupan las diferentes carteras y esperaremos, curiosos, cuáles son las nuevas políticas en economía, competitividad, ciencia y tecnología. Imagino que, como hasta el momento, esperaremos que la tempestad macroeconómica amaine y que el empleo se vaya recuperando lentamente gracias a los grandes tractores de nuestra estructura económica: fundamentalmente la construcción y el turismo. Grandes estrategias-país. Pero dentro de muy poco, previsiblemente a finales de noviembre, seguramente el Instituto Nacional de Estadística nos dará un nuevo disgusto al publicar las estadísticas de I+D. 

He recuperado un par de notas de prensa para poner de manifiesto la velocidad de crucero de nuestra capacidad innovadora: la superior es la del año pasado, referente a los datos de 2014. La economía española invertía el 1,23% de su PIB en I+D. La inferior es de 2007, referente a los datos de 2006. La economía española invertía entonces un 1,20 % de su PIB en I+D. En 8 años, por tanto, el incremento de esfuerzo en I+D alcanza la estupenda cifra del 0,03 % del PIB. Para echarse a temblar. Sí, es cierto, por medio está la crisis. Y, claro, lo primero que hacen las empresas y los gobiernos cuando hay crisis es recortar aquello que no tiene retorno inmediato (como la I+D, que suele ser una inversión a largo plazo). 

Que lo hagan las empresas, especialmente las pequeñas, es comprensible: al fin y al cabo, su primera urgencia es sobrevivir. Que lo hagan las administraciones, instadas por decisiones políticas, es una gravísima irresponsabilidad. Países líderes como EEUU o Alemania han incrementado su esfuerzo público en innovación durante la crisis, desplegando políticas contracíclicas, para compensar el déficit inversor privado, y multiplicar las escuálidas inversiones empresariales mediante incentivos adecuados y focalizados. Y su esfuerzo se ha visto recompensado con una salida de la crisis con tasas de producción industrial superiores a las de la entrada.

A veces, en algunas charlas sobre el estado de la innovación en el mundo, muestro extrapolaciones de cuánto tiempo tardaríamos en alcanzar a los líderes mundiales en innovación si estos de repente congelaran su actividad. La gente se sorprende y, en ocasiones, hasta se sulfura. No es para menos. Si en 8 años hemos crecido un escuálido 0,03% de inversión en I+D sobre PIB, y destinamos el 1,23%... ¿Cuánto tiempo tardaríamos en estar al nivel de Corea del Sur (4,3%)? Nada menos que ¡818 años! ¿Y de Alemania? (2,8%) Pues… 418 años. China (2,05%) ya nos lleva 218 años de ventaja en inversión en I+D/PIB (¡y mirad que su PIB es gigantesco!)


Ya sé que algunos dirán que hemos tenido mala suerte. Tenemos un país con malos empresarios, que no están sensibilizados con la I+D. La mano invisible del mercado, ese mecanismo perfecto de organización y crecimiento económico se ha olvidado de nosotros. Pero yo  no lo creo. Tenemos talento emprendedor, empresarial y cientifico. Estoy convencido de que, con buenas políticas, con propuestas sinceras y con presupuestos consistentes, la situación puede revertirse. Espero que el próximo ministro lea estos datos, se le congele la sangre, y se ponga inmediatamente manos a la obra.