22 de abril de 2018

SHARK FINS: OLAS DE INNOVACIÓN DIGITAL


Marc Amat, del diario Ara, me llamó esta semana para interesarse por las causas del fallo de uno de los grandes booms digitales de nuestro tiempo: Pokemon Go. La sección “Epic Fails” de ese periódico disecciona cada semana un interesante caso de fracaso en innovación (aquí)

Efectivamente, en el verano de 2016, todos andábamos capturando Pokemons a través de nuestro móvil, en una ola que alcanzó dimensiones mundiales en pocos días. Pero en poco tiempo, el juego cayó en el olvido. ¿Fue un fracaso? Mi opinión es que no. Mi opinión es que la innovación digital es mucho más rápida que la innovación de producto. Es como un flash que quema etapas a la velocidad de la luz, pero que no tiene por qué renunciar a beneficios. Pokemon Go fue un ejemplo de libro de dinámica de la innovación digital, pero no de fracaso.

Pokemon Go fue desarrollado por la empresa Niantic (¡cómo no, ubicada en San Francisco!) Niantic nació como una spin-off de Google, y debe su nombre a uno de los primeros buques que transportaron inmigrantes a California durante la Fiebre del Oro del siglo XIX. El proyecto Pokemon Go contó con una inversión de 35 millones de dólares provenientes de Google, Nintendo, y The Pokemon Company. Las tres compañías unían en Niantic tres capacidades esenciales: la tecnología de posicionamiento de Google, la maestría en videojuegos de Nintendo, y la licencia de personajes de cómic famosos, herederos de la herencia manga japonesa, de Pokemon. La iniciativa del nuevo videojuego creaba, mediante prestaciones de GPS, un nuevo paradigma de ocio digital, a medio camino entre el geocatching y el videojuego, en un entorno de realidad virtual novedoso en el mundo de los videojuegos.

¿Fue un fracaso? En absoluto. En un mes, Pokemon se convirtió en fenómeno global, consiguiendo más de 10 millones de dólares de ingresos diarios. En un año consiguió 750 millones de descargas y 1.200 millones de dólares de ingresos (casi la totalidad, beneficios netos). En agosto de 2016 consiguió 200 millones de descargas, registrando un récord Guiness como videojuego más descargado de la historia. Ya me gustaría a mi lanzar unas cuantas start-ups que fracasaran como Pokemon.

Y es que la innovación digital sigue una dinámica explosiva, como explica Harvard Business Review en su artículo Big Bang Disruption (aquí), o Accenture en Why Digital Disruption Resembles a Shark Fin (aquí). Mientras la innovación clásica, de producto, sigue una lógica de entrada en el mercado caracterizada por una distribución gaussiana (“curva de campana”), con unos segmentos iniciales de lead users e innovators que anticipan la entrada al mercado masivo (si se superan las barreras de entrada de coste y calidad), la innovación digital genera una ola de ventaja competitiva transitoria, extremadamente corta, en la que se queman etapas muy rápidamente. Una ola que recuerda, por su forma y velocidad, la aleta de un tiburón. La inexistencia de barreras de entrada, y de barreras de salida que ofrece el modelo freemium (descarga gratis y pago por algunos atributos, o hacer que paguen terceros -Starbucks llegó a un acuerdo para llenar de Pokemons virtuales sus establecimientos-) crea un flash de innovación. La posibilidad de innovación abierta, co-creación y actualización en tiempo real de la app permiten experimentar a la velocidad de la luz hasta hallar rápidamente el “diseño dominante” y expandirse exponencialmente por todo el planeta. La ola se extingue tan rápidamente como llega: las modas pasan velozmente. Pero, como en el caso de Pokemon, dejan un margen de miles de millones de dólares, en pocos días.

Pokemon Go fue también uno de los canales de entrada de la realidad virtual a nuestras vidas. Pronto, pasearemos por el fondo del mar, llegaremos a la cima del Everest, visitaremos la antigua Roma o estaremos inmersos en la batalla de Gettysburg en entornos digitales de gran realismo y capacidad de interacción. Niantic ya está preparando su próxima ola de innovación digital: se prepara la salida de un juego de realidad virtual sobre Harry Potter. Debe ser algo potente. De momento, han sido capaces de atraer 200 millones de dólares de capital riesgo para su desarrollo.


14 de abril de 2018

IKIGAI: EL PROPÓSITO DE LA VIDA


Me sorprendió encontrar un tweet del World Economic Forum con el gráfico que os adjunto, el del concepto de IKIGAI. En japonés, algo así como “razón de ser”.

IKIGAI proviene de “IKIRU” (“para vivir”), y “KAI” (“realización”). "Realización para vivir", o "vivir realizándose". Juntos, ambos conceptos crean un nuevo constructo para significar el propósito de la vida. IKIGAI es principio y final, motor vital y punto de destino. Para los japoneses, el secreto de una larga y feliz vida. ¿Qué te motiva a levantarte cada mañana? Para hallar tu IKIGAI deberías contestar cuatro preguntas:

-        ¿Qué es lo que amas?
-        ¿En qué eres bueno?
-        ¿Qué necesita el mundo de ti?
-        ¿Con qué te puedes ganar la vida?

Encontrar las respuestas, y, especialmente, su intersección, puede ser un método rápido para que los occidentales encontremos nuestro IKIGAI. El modelo de los círculos es extremadamente bello: la intersección entre lo que amas y lo que eres bueno es tu fuente de PASIÓN. Aquello que amas y que el mundo necesita origina tu MISIÓN. Las cosas en las que eres bueno y por lo que alguien te pagaría darán lugar a tu PROFESIÓN; y la intersección entre aquello que te va a retribuir y lo que el mundo necesita generará tu VOCACION. Si hallas un campo que lo aglutine todo, PASIÓN, MISIÓN, VOCACIÓN Y PROFESIÓN, serás un afortunado: habrás encontrado tu IKIGAI. Deberíamos enseñar a los niños, como una de las prioridades del sistema educativo, a encontrar su IKIGAI.

Me fascina la cultura y la filosofía japonesa. Japón ha sido un país sometido a constantes desastres naturales y humanos: situado en la falla del Pacífico, ha sufrido terremotos y tsunamis. También ciclones y guerras. Dicen que la cultura japonesa se forja en la consciencia del desastre, en saber que en pocos segundos puedes perder todo lo conseguido en la vida. Y eso te lleva a la desvinculación de las cosas terrenales, al minimalismo zen, y a apreciar lo que realmente importa. Un cierto fatalismo vital, paradójicamente, parece conducir a una vida mejor, a valorar con intensidad lo que (todavía) tienes, a concentrarte en tus capacidades interiores, y a sacar partido de cada segundo restante, y de cada oportunidad latente. Quizá por ello los japoneses son tan perfeccionistas en los pequeños detalles, e hicieron de la belleza de la cotidianeidad grandes prácticas organizativas e imbatibles ventajas competitivas. Quizá por eso, con constancia, tenacidad, excelencia en las pequeñas cosas, y visión a largo plazo, un pequeño taller de automóviles como Toyota fue capaz de inventar métodos de gestión como el Kaizen, y de batir a los grandes de la industria como Ford y General Motors.

Y, en el modelo de IKIGAI, si sustituimos “lo que amas” por la “visión”, “lo que eres bueno” por las “capacidades esenciales”, y ”cómo te puedes ganar la vida” por el “modelo de negocio”, entonces la idea aplica perfectamente no a una persona, sino a una organización. A partir de ahora, incorporaré el IKIGAI a mis clases.

El artículo original del World Economic Forum puede encontrarse aquí: https://www.weforum.org/agenda/2017/08/is-this-japanese-concept-the-secret-to-a-long-life/


10 de abril de 2018

HABLANDO CON UN ROBOT


Para celebrar el primer millón de visitas a este blog, en un momento de intenso debate público e internacional sobre el uso de datos para fines comerciales, me permito transcribir un chiste que hoy me ha enviado un buen amigo. Hablando con un robot 😉))

Ordenar una pizza

CLIENTE: ¿Esto es Gordon's Pizza?
GOOGLE: No señor, es Google Pizza.
CLIENTE: Debo haber marcado un número equivocado. Lo siento.
GOOGLE: No señor, Google compró Gordon's Pizza el mes pasado.
CLIENTE: De acuerdo. Me gustaría pedir una pizza
GOOGLE: ¿Quieres lo de siempre, señor?
CLIENTE: ¿La habitual? ¿Ya sabes qué quiero?
GOOGLE: De acuerdo con nuestra hoja de datos de identificación de llamadas, las últimas 12 veces que llamó le solicitaron un extra grande, con tres quesos, salchichas, pepperoni, champiñones y albóndigas en una corteza gruesa.
CLIENTE: ¡Exacto! Eso es lo que quiero …
GOOGLE: Puedo sugerir que esta vez pida una pizza con ricotta, rúcula, tomates secados al sol y aceitunas en un grano entero y corteza delgada sin gluten?
CLIENTE: ¿Qué? Detesto las verduras ...
GOOGLE: Su colesterol no es bueno, señor.
CLIENTE: ¿Cómo diablos lo sabes?
GOOGLE: Bueno, hicimos una referencia cruzada del número de teléfono de su casa con sus registros médicos. Tenemos el resultado de sus análisis de sangre durante los últimos 7 años.
CLIENTE: De acuerdo, ¡pero no quiero tu pizza podrida de vegetales! Ya tomo medicamentos para mi colesterol.
GOOGLE: Disculpe señor, pero no ha tomado su medicación regularmente. Según nuestra base de datos, solo compró una caja de 30 tabletas para el colesterol una vez, en Drug RX Network, hace 4 meses.
CLIENTE (enojado): ¡Compré más en otra farmacia!
GOOGLE: Eso no aparece en el extracto de su tarjeta de crédito.
CLIENTE (más enojado): ¡Pagué en efectivo!
GOOGLE: Imposible. No retiró suficiente efectivo de acuerdo con su extracto bancario.
CLIENTE: Tengo otras fuentes de efectivo.
GOOGLE: Eso no se muestra en su última declaración de impuestos a menos que los haya comprado utilizando una fuente de ingresos no declarados, lo cual es contrario a la ley.
CLIENTE (muy enojado): Pero, ¿QUÉ DEMONIOS?
GOOGLE: Lo siento, señor, usamos dicha información solo con la única intención de ayudarlo.
CLIENTE: ¡BASTA YA! ¡Estoy harto de Google, Facebook, Twitter, WhatsApp y todas las demás redes sociales! ¡Estoy decidido a irme a una isla sin internet ni televisión por cable, donde no hay servicio de telefonía móvil y nadie me pueda mirar o espiar! 
GOOGLE: Entiendo, señor, pero primero debe renovar su pasaporte. Expiró hace 6 semanas ...

7 de abril de 2018

LA ESTRATEGIA DEL CANGREJO


Artículo originalmente publicado en Sintetia, el 06/04/2018

En diciembre de 2016, justo antes de dejar la presidencia, Obama organizó una conferencia nacional en Pittsburg para debatir algo que le inquietaba profundamente: el impacto de la Inteligencia Artificial (IA) en la sociedad y la economía. Las conclusiones de ese encuentro se pueden consultar en el documento “Artificial Intelligence, Automation and the Economy”, publicado por la Oficina del Presidente. En el documento se afirma que “el cambio tecnológico es la principal fuente de crecimiento económico”, y se insta a los futuros gobiernos a liderar la investigación y difusión de la IA, a educar a los estadounidenses para los empleos del futuro, y a apoyar a los trabajadores en la transición hacia nuevos escenarios productivos.

Con motivo del año nuevo, el presidente chino, Xi Jimping, emite tradicionalmente un mensaje a su nación. Siempre lo hace desde su austero despacho. Es habitual que cada año, analistas internacionales revisen cuidadosamente qué libros tiene Xi Jimping en sus estanterías. Este año no ha pasado desapercibida la presencia de dos best-sellers de IA y alta tecnología: The Master Algorithm, y Augmented: Life in the Smart Lane. Una poderosísima señal al mundo. Entre sus objetivos nacionales, China contempla explícitamente ser una “innovation nation” en 2020, una “innovation leader” en 2030; y la “world powerhouse of science and technological innovation” en 2050. Textualmente, pretenden liderar el mundo en ciencia, tecnología e industria. No en vano Shenzen-Hong Kong ya es el segundo clúster mundial en capacidad inventiva (en número de patentes), tras Tokio-Yokohama, muy por delante de Silicon Valley; y se prepara un nuevo parque centrado en AI, en Beijing, con inversiones previstas de más de 2.000 millones de dólares.

Emmanuel Macron, presidente francés, ha pronunciado recientemente un brillante discurso en el Elíseo, y concedido una entrevista a la revista WIRED, sobre la estrategia francesa en inteligencia artificial. Francia destinará 1.500 millones de euros en cinco años a competir con China y Estados Unidos en el liderazgo en inteligencia artificial (o, como mínimo, no perder el tren). Macron afirma que Europa está a medio camino entre el modelo americano (totalmente dirigido por empresas privadas, donde “decisiones individuales condicionan valores colectivos”), y el chino (con un inmenso mar de datos y un gobierno dispuesto a utilizarlos “con unos valores que no son los nuestros”). “Si queremos gestionar nuestro propio modelo de sociedad, nuestra elección de civilización, debemos ser parte de esta revolución de la inteligencia artificial, ser uno de sus líderes, y elevar el discurso a escala global”. Las acciones tomadas han permitido ya que empresas como Facebook, Google, Samsung, IBM, DeepMind o Fujitsu hayan instalado centros de investigación en IA en París. “Quiero que mi país sea el lugar donde la AI se construya sobre la base de interdisciplinariedad, cruzando matemáticas, ciencias sociales, tecnología y filosofía”. Macron afirma: “puedo convencer a mi país sobre el cambio, precisamente porque lo abrazamos. Mi rol no es bloquear el cambio, sino formar personas para que tengan oportunidades en este nuevo mundo”. Y algo realmente brillante: “creo que la gran revolución tecnológica que estamos experimentando es, de hecho, una revolución política”. Macron está preparando a su país para el futuro. Y ese debate no es ajeno a otros más próximos. Liderando el cambio tecnológico, posicionando Francia en campos de alta tecnología, construyendo masa crítica emprendedora, y transformando el modelo productivo, Macron también contribuye a solventar el problema de las pensiones y el estado del bienestar ante la bomba demográfica que se avecina en Europa.

¿Existe un plan estratégico para la Inteligencia Artificial en España? Hace pocos días, la fundación COTEC siguió denunciando el lamentable estado de la I+D en España. Los presupuestos públicos cada vez son más exiguos, pero además, la ejecución de los mismos es simplemente vergonzosa: en el último ejercicio sólo se ejecutó el 29’7% de lo presupuestado. Hoy el esfuerzo público en I+D es sólo del 55% del que era en 2009, y del mismo se gasta sólo el 30%. ¡El gasto real de 2017 fue sólo del 16% de lo presupuestado, y el 20% de lo gastado en 2009! Atrás, como los cangrejos. ¿El motivo? Políticas absurdas, programas inefectivos, burocracia excesiva y falta de estrategia real. Investigadores y empresas renuncian a esos fondos por la complejidad de su uso. No se puede pedir a un joven y brillante investigador, con una patente de una posible tecnología transformadora, que asuma un crédito a costa de su (a menudo exiguo) patrimonio. El Estado debe actuar con mentalidad de capital riesgo: seleccionar, apostar, e invertir estratégicamente. Paradójicamente, en paralelo, se incrementa la preocupación por la sostenibilidad del estado del bienestar y las pensiones. Hasta en bachillerato saben que ambos problemas están relacionados: sin creación de valor, no habrá redistribución posible. La situación es alarmante. Sin inversiones estratégicas e inteligentes en tecnología, estamos condenados a la mediocridad, al fracaso y al conflicto social.

Hoy, las administraciones siguen plagadas de direcciones generales de investigación, cuyo cometido sigue siendo fomentar la investigación (pública) a mayor gloria de los currículos científicos, sin conexión con el mundo productivo ni interés en ello; y de direcciones generales de industria con cometidos de gestión de licencias y polígonos. En tierra de nadie, presupuestos escasos e ineficientes que hacen la vida imposible a los pocos que les quedan ganas de aplicar. En el siglo XXI, no se entiende una política de investigación sin impacto ni presencia en la industria. Ni una política industrial que no se construya sobre el potencial investigador del país. Cuando los gobiernos escoran a la derecha, siguen pensando que la mejor política industrial es la que no existe. Cuando giran a la izquierda, las prioridades se centran en la distribución de la riqueza (olvidando los mecanismos de creación). Cámaras de comercio y agentes sociales, ni están ni se les espera en este debate complejo de la ciencia, la tecnología y la industria. Mientras los países se rearman tecnológicamente, fijan estrategias y objetivos, destinan presupuestos, concentran masa crítica y avanzan hacia el futuro, en España se sigue la estrategia del cangrejo. Como la infantería, la I+D jamás retrocede. Gira y sigue avanzando.


2 de abril de 2018

FRANCIA, HUB GLOBAL EN INTELIGENCIA ARTIFICIAL


Fuente: Wikipedia
Emmanuel Macron, presidente francés, ha pronunciado recientemente un discurso, y concedido una entrevista a la revista WIRED, sobre la estrategia francesa en inteligencia artificial (AI). Francia destinará 1.500 millones de euros en cinco años a competir con China y Estados Unidos en el liderazgo en inteligencia artificial (o, como mínimo, no perder el tren). Macron demostró un conocimiento profundo del tema. Demostró sensibilidad ante el cambio tecnológico, y desgranó la estrategia francesa. Según sus análisis dos ámbitos serán rápidamente impactados por la AI: el sector sanitario (con diagnósticos más precisos y personalizados), y el sector de movilidad, con la emergencia de nuevos paradigmas de vehículo compartido y autoconducido. Macron demostró ser consciente de la gran oportunidad (y, a la vez, gran amenaza) de la AI en la creación o destrucción de empleos, y de la lógica “va todo al ganador” de esa tecnología. Por ello manifestó su deseo de preparar a su país, convirtiéndolo en una “first-mover nation” en regulación (introduciendo un discurso de ética y valores), educación, investigación, test, y creación de startups en este campo.

Macron afirma que Europa está a medio camino entre el modelo americano (totalmente dirigido por empresas privadas, donde “decisiones individuales condicionan valores colectivos”), y el chino (con un inmenso mar de datos y un gobierno dispuesto a utilizarlos “con unos valores que no son los nuestros”). “Si queremos gestionar nuestro propio modelo de sociedad, nuestra elección de civilización, debemos ser parte de esta revolución de la inteligencia artificial, ser uno de sus líderes, y elevar el discurso a escala global”.

Las acciones tomadas han permitido ya que empresas como Facebook, Google, Samsung, IBM, DeepMind o Fujitsu hayan instalado centros de investigación en AI en París. “Quiero que mi país sea el lugar donde la AI se construya sobre la base de interdisciplinariedad, cruzando matemáticas, ciencias sociales, tecnología y filosofía”. Impresionante Macron.

Puedo convencer a mi país sobre el cambio, precisamente porque lo abrazamos. Mi rol no es bloquear el cambio, sino formar personas para que tengan oportunidades en este nuevo mundo”. Me quedo con una frase para enmarcar: “creo que la gran revolución tecnológica que estamos experimentando es, de hecho, una revolución política”. Efectivamente, la revolución tecnológica tiene profundas implicaciones políticas, en positivo y en negativo. En positivo, jamás como ahora hemos tenido medios para generar y distribuir prosperidad. En negativo, el mal uso de la tecnología puede llevarnos a escenarios catastróficos de polarización de la riqueza, de extremismos en las posiciones (hay evidencia de que las redes sociales tensan el discurso político al máximo, generando polos opuestos y excluyentes), y de interferencia fraudulenta en procesos democráticos (baste ver qué está pasando con Facebook y Cambridge Analytica). “Europa es el lugar donde se formó el ADN democrático, y creo que Europa debe afrontar este gran reto para la democracia, liderándolo”.

Otros líderes internacionales han mostrado gran sensibilidad por la emergencia de tecnologías disruptivas y por el cambio que van a crear en la sociedad y la economía. Entre ellos, Obama, quien en diciembre de 2016, justo antes de dejar la presidencia, organizó una conferencia nacional (“Frontiers”), en Pittsburg, para debatir las implicaciones económicas, sociales y filosóficas de la automatización y de la inteligencia artificial. O el presidente chino, Xi Jimping, en cuyo despacho figuran best-sellers sobre AI. Macron está preparando a su país para el futuro. Y ese debate no es ajeno a otros más próximos. Liderando el cambio tecnológico, posicionando Francia en campos de alta tecnología, construyendo masa crítica emprendedora, y transformando el modelo productivo, Macron también contribuye a solventar el problema de las pensiones y el estado del bienestar ante la bomba demográfica que se avecina en Europa, problema que no es de distribución de la exigua riqueza que va a crear un viejo modelo, sino de crear nuevo valor a través de las inmensas posibilidades que nos ofrece la tecnología.

Para quitarse el sombrero. El mundo necesita unos cuantos Macrons.

18 de marzo de 2018

COSAS QUE FUERON IMPOSIBLES


Artículo publicado en La Vanguardia el 18/03/2018

Una disrupción a gran escala podría llegar en breve a la industria agroalimentaria. Quizá en unos pocos años fabricaremos carne en casa. En un pequeño electrodoméstico, como una cafetera (en realidad, un biorreactor) pondremos una minúscula cápsula de células madre de ternera junto a un paquete de tierra abonada (quizá de nuestro jardín), y agua. Y, en unas horas, surgirá una hermosa hamburguesa. Libre de bacterias y de antibióticos. “Clean meat” (carne limpia), según la terminología. Parece ciencia-ficción, pero Richard Branson (Virgin) y Bill Gates (Microsoft) ya han invertido cantidades multimillonarias en startups de esta tecnología. Y la industria cárnica norteamericana se ha puesto en estado de alerta. Para el status-quo, esto no es “clean meat”, sino “fake meat” (carne falsa). Aunque sea genéticamente idéntica a la original. La reacción de la industria es natural: ante el cambio tecnológico, siempre hay voces opuestas, legítimas, que ven en riesgo sus actividades. 

Andy Grove, uno de los fundadores de Intel, dijo que “el éxito en los negocios contiene la semilla de su destrucción. La complacencia alimenta el fracaso. Sólo sobreviven los paranoicos”. Nadie como Grove, alto directivo de una empresa de semiconductores, sabía cómo la tecnología reconfiguraba las reglas del juego. La paranoia de la cual hablaba Grove es una sana práctica en el management moderno: la anticipación al cambio, la búsqueda de alertas tempranas, la exploración de nuevos escenarios competitivos, y la voluntad de capturar el valor del cambio antes de que lo hagan otros. Cambiar antes de que nos cambien. Provocar nuestra propia obsolescencia antes de que nos vuelvan obsoletos nuestros competidores. Lamentablemente, muchos directivos se han formado bajo paradigmas de estabilidad más propios del siglo XX que de la Era Digital. En el fondo, sufrimos aversión al cambio. No estamos genéticamente predispuestos a cambiar, y menos de forma abrupta o disruptiva. Durante milenios nos hemos desarrollado en entornos de estabilidad. Hoy, la incertidumbre, el temor a lo desconocido, a quedar en evidencia ante un cambio organizativo o tecnológico, o a perder status, nos paraliza. Sufrimos constante angustia, inseguridad y estrés, que, en palabras de José Antonio Marina, es miedo sin peligro. Hoy no se nos comerá un león de las cavernas como en el Paleolítico, no nos amenaza ningún peligro inminente. Pero tenemos miedo. Miedo al cambio. Y, como reacción natural, nos negamos a aceptarlo. “Mi sector no va a cambiar, todo está inventado en esta industria”.

En definitiva, escepticismo y oposición ante la innovación. Y la historia nos demuestra cada día cómo cosas que eran imposibles, de golpe, se vuelven realidades. Si en 1990 le hubiéramos dicho a un economista que, veinte años después, tendríamos toda la información del mundo en nuestro hogar, hubiera afirmado que era absurdo. Hubiera calculado los costes, y hubiera tomado como referencia la biblioteca más grande del mundo: la del Congreso de Estados Unidos. 160 millones de libros, 600 millones de dólares de presupuesto anual. Imposible reproducir la Biblioteca del Congreso en casa. Pero hoy tenemos toda la información accesible a través de nuestro PC. Y no sólo en casa: en nuestro bolsillo, y en cualquier lugar, mediante dispositivos móviles. Ha cambiado el paradigma tecnológico: cosas imposibles se vuelven repentinamente cotidianas. La historia de la innovación nos demuestra cómo ni siquiera los mejores especialistas de cada momento son capaces de anticipar el futuro, ante el cambio tecnológico. Steve Ballmer, presidente de Microsoft, afirmaba que “no hay ninguna opción de que el iPhone vaya a significar cambio alguno en el mercado”. Ken Olson, presidente y fundador de Digital Equipment, dijo en 1977 que “jamás, nadie, por ningún motivo, iba a querer un ordenador electrónico en su casa”. Claro que él pensaba en ordenadores del momento, de 200 Kgs de peso y unos cuantos metros cúbicos de volumen. Thomas Watson, en 1947, creía que “el mercado de ordenadores será de unas cinco unidades anuales en el mundo”. Entonces, los ordenadores pesaban 5 toneladas. En esa época, un directivo de la 20th Century Fox aseguró que “la televisión no tiene futuro, nadie va a estar sentado ante esa caja cada noche”. O, mucho antes, el presidente de un gran banco americano aconsejaba a sus clientes que no invirtieran en Ford Motors, pues “lo que es seguro es que el caballo existirá siempre, el automóvil es sólo un nuevo invento dudoso”. Y podríamos seguir incrementando la lista de grandes visionarios: Lee Forest, inventor de las válvulas electrónicas de vacío, tenía claro que “independientemente de todos los avances futuros, es imposible que jamás un humano pise la luna”. William Preece, presidente de la British Post Office, ante la invención del teléfono, dijo que “los americanos quizá necesiten teléfonos, pero nosotros vamos sobrados de repartidores de mensajes”. Y alguien con una indudable capacidad estratégica, como Napoleón, despreció la máquina de vapor: “¿cómo quiere usted vencer las corrientes marinas y la fuerza del viento encendiendo un fuego en el interior de un bajel? Perdone, no tengo tiempo de escuchar esa estupidez”. 

Hoy múltiples voces afirman que nunca llegará al mercado la carne artificial, que jamás veremos vehículos autoconducidos, que es imposible que nos hagamos amigos de un avatar digital, que dispongamos de energía gratuita, o que una renta básica universal en un mundo de hiper-productividad tecnológica es inviable. Quizá la transición sea costosa. Pero veremos quien gana: si las fuerzas del cambio tecnológico (en definitiva, las del futuro), o las fuerzas del pasado, del inmovilismo y del status-quo.

11 de marzo de 2018

ÁFRICA, ¿LA NUEVA CHINA?


Hace unos días me hablaron de que algunas empresas habían empezado a trasladar factorías de manufactura a Etiopía. He estado buscando qué se está moviendo por África. Efectivamente, según The Economist o Quartz, parece que existe ya un pequeño clúster de manufacturing en Etiopía, donde algunas empresas americanas y chinas han empezado a invertir. China ya ha instalado allí plantas de fabricación de zapatos.  Me ha sorprendido que China haya invertido 34,8 billones de dólares en estructuras energéticas en África desde el 2000. Un tercio de la inversión extranjera que los bancos públicos chinos destinaron a proyectos energéticos en 2017 se encuentran en África (más que la inversión en el Sudeste Asiático). Según la London School of Economics “China está tratando de replicar su modelo de desarrollo económico en África”. Xi Jimping, el líder Chino cuyo mandato podría prolongarse a perpetuidad, según lo decidido en el reciente congreso de Partido Nacional del Pueblo, ya anunció en 2015 inversiones de 60 billones en África, para “afrontar un futuro común”. El aterrizaje chino en África empieza a notarse: según un estudio desarrollado en 36 países africanos, el modelo económico chino es el más deseado, sólo detrás del americano. En África Central, el 35% de los entrevistados aspiran a convertir sus países en las nuevas Chinas. El 63% de africanos creen que la influencia china es “algo” o “muy” positiva, con máximos en Mali (92%), Níger (84%) y Liberia (81%).

África suspira por convertirse en la China de la segunda mitad del siglo XXI, y China busca espacios de expansión estratégica en África. En ellos, quizá se ubiquen más de 80 millones de empleos que se deslocalizarán en los próximos años de China, según The Economist. La manufactura de bajo coste china rastrea nuevos destinos a medida que en China el coste de la mano de obra se incrementa, la fiscalidad crece, y los controles medioambientales se intensifican. África puede competir en un espacio productivo para aquéllas actividades donde la automatización todavía no será rentable. Etiopía o Zimbabwe son dos de los países con los que el gobierno chino ha establecido marcos de cooperación, aunque la inestabilidad política dificulta la continuidad de los mismos. La emigración china a África llegó a un máximo en 2013, pero los emprendedores chinos todavía encuentran dificultades de fuentes de suministro energético, o en la provisión de mano de obra mínimamente formada.

La economía continental de África es la que crece más rápidamente del mundo (eso no es difícil, dado el bajo nivel de partida). Pero McKinsey predice que el mercado B2B crecerá un 50% hasta el 2025 en África, consolidando una incipiente clase media. Hacia 2034 dispondrá de una fuerza de trabajo superior a la de China o India. Su producción en manufactura podría doblarse, de 500 a 930 billones en 2025, creando las condiciones necesarias para generar competitivos ecosistemas productivos. La productividad en Argelia, Egipto, Marruecos o Sudáfrica es comparable a la de países emergentes en Europa del Este, Sudeste Asiático o Latinoamérica. Las exportaciones del África Subsahariana se triplicaron entre 2005 y 2015, con crecimientos sostenidos del 10-15% del PIB en manufacturing. Y las 700 empresas mayores de África (sean africanas o de capital extranjero) crecen más rápidamente que sus homólogas del resto del mundo.

H&M y Primark (fabricantes de ropa) se aprovisionan en Etiopía. General Electric ha construido una planta en Nigeria para fabricar material eléctrico. Madecasse (fabricante de chocolates americano) dispone de una planta con 600 trabajadores en Madagascar. Mobius Motors, empresa fabricante de automóviles fundada en Kenya por un británico provee vehículos a diferentes países africanos. La extensión del retailing y de la telefonía móvil, y un emergente manufacturing, incrementan la demanda de mejores infraestructuras energéticas y crean mercados más sofisticados. Las inversiones fluyen. Se empiezan a crear comunidades africanas de desarrollo de apps, y grandes empresas de software ponen la vista en África buscando programadores de bajo coste. Para alguna de ellas, el software será el nuevo manufacturing.

Desde 1980, el PIB chino ha crecido a una tasa de entre el 6% y el 15% anual. La progresión es geométrica. El crecimiento, exponencial. Hoy, es la segunda economía del planeta, sólo por detrás de EEUU. Pero en 1980, su PIB era sólo de 100.000 millones de dólares (160 veces menor que hoy). Etiopía o Kenia tienen PIBs similares a los de China en 1980. Sus economías están despegando (se han multiplicado por 6 desde 2005). Y las condiciones de contorno (excepto la inestabilidad política) son similares a las de China en 1980. ¿Conseguirá África superar su maldición secular, y emerger como lo ha hecho China en los últimos años?